“El hombre tranquilo”

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El hombre tranquilo decide salir de casa. Antes ha preguntado por la dirección de un jugador. Entra en un coche del club. Es tan cercano que algunos taxistas le dan la paliza. Ancelotti siempre sonríe y responde con pocas palabras. Al llegar a su destino huele a barbacoa. El olor a carne quemada le da hambre. Llama a la puerta, abren y es el mismo Rüdiger quien está enfrente. Su cara de asombro no tiene precio. Le invita a pasar y le presenta a la familia. Mientras saluda Ancelotti le echa un vistazo a la barbacoa. Tiene una pinta excelente. Se sienta a comer con ellos. Les habla de la primera vez que llegó a Madrid. Les da consejos. El ambiente es relajado. A las dos horas se va. Rüdiger y su familia dicen: Hemos acertado.

¡Baila, baila, campeón!

La electricidad de Vinicius ruge de fuerza y alma por llegar al centro del enemigo. Su entusiasmo es tan grande que le da una séptima velocidad. Su talento destila energía y belleza y los contrarios suelen verlo por la espalda. Cuando marca estalla de gozo, porque el esfuerzo previo ha sido inmenso y se siente en el derecho a manifestar su alegría. Y entonces baila, baila campeón, como en una fiesta, porque el gol para él es una fiesta. ¡Queeee! ¿Que baila? ¿Qué dices? ¿Queee baila? Vaya falta de respeto. Una herejía. Dentro del público los más energúmenos quieren vengarse con cantos y gestos racistas. “¡Negro, basura, tu piel no tiene cura!” “¡Ku Klux Klan!” Algunos dicen que los provoca Vinicius. La razón al paredón, o sea.

Nosostros sobre todo

O el Atleti contra el Madrid o la selección. En el bar el domingo por la noche el debate es intenso. Mi amigo del Atleti lo tiene claro. Fútbol. La gente joven también, baloncesto. Se ha muerto esa apatía del principio, cuando decían que estaba bien llegar al ocho. Digo ¡baloncesto!, tronando. Alguna gamba que duerme en la barra despierta y me aplaude. Un ronco murmullo de gente apremia al camarero. ¡Fútbol! Los jóvenes y yo gritamos más fuerte. ¡Baloncesto! Esto va a acabar mal, me digo. Pero el camarero dice, mirando a los futboleros, que hay otra tele afuera. Y allá que se van. Se acabó el problema. España ganó con superioridad. Es lo importante, y también que hay discusiones peligrosas que se acaban cuando se saben las cosas.

Nada más llegar, Xavi se fijó en Dembelé, y se dijo que tenía un diamante sin pulir. Entendió que tenía talento excepcional, y que, como a todo genio, un inconformismo extraño le llevaba al desastre. O a la indiferencia, que es peor. Pero Xavi supo ver el material que tenía en sus manos y se puso a la tarea de pulirlo. Primero se ganó la confianza de Dembelé, le hizo ver que en su puesto no había otro como él, y que su destreza con las dos piernas era infinita. Lo convenció de que con él estaría entre los mejores del mundo. Después convenció al club, que deseaba quitárselo de encima desde hace años. Y le salió bien. Modeló su juego y carácter. Y hoy el Barça tiene un diamante tallado con las mejores manos.

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